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Hoy es noticia en toda la prensa, y no sólo la deportiva, el cese de Miguel Juane como Director General del Club Baloncesto Obradoiro, equipo que milita esta temporada en la liga ACB, sin duda una de las dos mejores ligas europeas. El Obradoiro, después de años de litigios judiciales consiguió hace poco más de medio año que se le reconociese el derecho de participar en la liga ACB, hasta ese momento un puñado de directivos con muy buena voluntad y una capacidad de resistencia envidiable fueron ganando en diferentes instancias sus recursos hasta ver a su equipo entre los más grandes del baloncesto europeo. Pero llegados a este punto, la buena voluntad ya no cuenta y hay que profesionalizar la sociedad deportiva con vistas a transformarla en una SAD en pocos meses. Para ello es necesario contratar a un gestor, a un profesional que aúne la parte deportiva con la parte económica para “pilotar la nave”. Con esto, no se me entienda una defensa a Miguel Juane, aunque lo conozca desde que coincidimos hace muchos lustros en la Universidad. Con esto quiero decir que los conocimeintos y las capacidades de unos directivos llegan hasta cierto punto y a partir de ahí es necesario la presencia de un profesional. Este Director General, con aciertos y errores durante estos meses, ha sido cesado de una manera abrupta en el día de ayer por una pérdida de confianza por parte del presidente. Pero que trasciende en diferentes sectores ciudadanos es que esta falta de confianza es mas un excesivo protagonismo de un personal técnico por encima de unos directivos. Protagonismo, incluso mediático. Es decir los directivos se ven ninguneados y sobre todo piensan que son imprescidibles y que le sobran conocimientos tanto deportivos como económicos. El resultado de este cese lo veremos en unos meses. Esto es un mal también del sector asociativo, en el que los directivos de la entidad no dejan trabajar a los profesionales y no soportan un excesivo protagonismo de los/as mismos/as.

Ser dirigidos por ociosos se caracteriza por:

  • El directivo cioso piensa que es imprescindible y sobre todo que és el alma de la entidad.
  • El directivo ocioso piensa que los profesionales en lugar de servir a la entidad están para servirlos a ellos.
  • El directivo ocioso no soporta que sus ideas, por peregrinas que sean, puedan ser discutidas.
  • El directivo ocioso no soporta un exceso de protagonismo de los profesionales.
  • El directivo ocioso disimula su inoperancia con “golpes en la mesa”

Y lo peor es que el directivo ocioso, se cree que es poseedor de la verdad y de la esencia de la institución. Los que hemos sufrido en nuestras carnes la presencia y autoridad de estos directivos ociosos sabemos bien de que hablamos. Pero en todo hay un reverso de la moneda, por ejemplo Alex de la Iglesia, actual Presidente de la Academia de Cine de España y máximo responsable de la Gala de los Goya de hace un par de días. Es una persona del sector, que trabaja, que se ha hecho a sí mismo con éxitos de taquilla y de crítica. Desde Mirindas Asesinas hasta la gala del pasado domingo han pasado casi veinte años. Trabaja en el cine, vive del cine, produce a otros directores jóvenes y dirige una academia de cine, es un profesional del sector que dirige al sector. Y el resultado lo tenemos ahí: un discurso en el que se acuerda de los carpinteros y electricistas y ve necesario un consenso entre sectores sociales.

Es la diferencia entre un directivo ocioso y un directivo que sabe y deja trabajar.

 

En un post anterior, en respuesta a un comentario decía que el tema de los empleados tóxicos daba para una entrada, y aquí la tenemos. Por la red circulan centenares de documentos sobre este subgrupo de compañeros de trabajo, pero voy a obviar estos recursos y centrarme en lo que he conocido y/o vivido de primera mano durante estos años. Pensando detenidamente me he dado cuenta que para no hacer una entrada muy larga, voy a trocear el tema en varias para darle un poco de dinamismo al asunto

En todas las empresas hay el prototipo de empleado, digamos vagoneta. Es decir, el que trabaja poco o lo justo. Pero por toxicidad yo entiendo no a esta tipología sino al vagoneta con cara de agobio. Me explico, seguro que en nuestros trabajos tenemos algún compañero que es asiduo de los pasillos camino de la fotocopiadora o impresora con un folio (o mejor dos) en la mano y con cara de agobio (o angustia). Con una cara de “no me pidas nada, no ves que no tengo tiempo y el trabajo me sale por las orejas”, cuando sabemos que no es así. Pero sucede que este empleado del que se suele decir que “vive como dios” es el primero que tiene que decir algo cuando se plantean nuevos proyectos o iniciativas que aunque no le afecten en sus tareas, pueden cambiar los equilibrios internos y tener que llevar tres folios en la mano en lugar de uno.

Otra tipología de empleado es el resentido, que suele combinarse con la arrogancia. Este resentimiento puede deberse a que considera al jefe un ente inferior que han puesto ahí y para ello no han tenido en cuenta las cualidades inherentes de este empleado. Suele trabajar lo justo y necesario para que las cosas salgan adelante, se cree imprescindible, nunca plantea una iniciativa y aunque cobre como un mando intermedio su comportamiento roza el de un operario que obedece (a regañadientes) sin aportar ningun valor añadido (que se supone que atesora) a sus tareas. Es contestario y se suele rodear de un grupo de acólitos que lo ven como un contrapoder en la empresa. Ya sabemos que la rebeldía vende más que la sumisión…..

Estas dos tipologías se complementan con un rasgo que caracteriza a todos los empleados tóxicos, que es el cotilleo contínuo. Los corrillos, los rumores, los bulos aparecen y es algo con lo que debemos convivir. Suelen ser empleados que están “de vuelta de todo” y que presumen de defender a la empresa sobre todo y todos, e incluso en se consideran elementos esenciales y vitales de la empresa.